Toda decisión conlleva reacción

La tercera ley del movimiento descrita por Newton ya decía que cada acción conlleva una reacción. Lo mismo ocurre con nuestros comportamientos, cada acto siempre comporta una consecuencia. Y al igual que somos dueños de nuestros actos también somos responsables de las consecuencias que de ellos se derivan. A veces lo difícil de tomar una decisión es asumir los efectos futuros que puede conllevar. Por ejemplo, podemos rechazar un buen trabajo en el extranjero por pensar que eso supondrá pasar mucho tiempo lejos de la familia.

Tanto a la hora de tomar decisiones como a la hora de valorar las posibles consecuencias, las emociones tienen un papel determinante. El saber o intuir como nos hará sentir un determinado acto, nos ayuda a valorar si debemos realizarlo o no. Siguiendo con el ejemplo anterior, si pensamos que irnos fuera del país nos hará sentirnos tristes, solos, nostálgicos o fracasados lo más probable es que optemos por no irnos. Sin embargo, si pensamos que al marcharnos tendremos una oportunidad nueva que nos hará sentirnos alegres, entusiastas, orgullosos y realizados seguramente nuestra decisión será marchar. De alguna forma nuestras emociones dotan de valor positivo o negativo a aquello que queremos realizar o que ya hemos realizado. A veces, también las emociones que nuestros actos provocan en los demás nos sirven como feedback y aprendizaje cuando queremos valorar las consecuencias de nuestra interacción con ellos. Es decir, cuando hacemos algo que alegra a los demás tenderemos a repetir esa acción, por el contrario si hacemos algo que entristece a los de nuestro alrededor intentaremos evitar que se vuelva a producir.

Aunque no lo parezca esto está muy relacionado con el concepto de compromiso. Solemos comprometernos con aquello que creemos que “garantiza” o “favorece” nuestra felicidad. Decimos que una persona está comprometida con algo cuando cumple con sus responsabilidades en aquello que se ha propuesto o que le han encomendado. Es decir, vive y toma decisiones que le permiten conseguir satisfactoriamente los objetivos propuestos, ya sea en el trabajo, en la familia o en los estudios. Alcanzar estos objetivos supone cumplir con algunas de las metas y expectativas personales, lo que sin duda irá acompañado de emociones y sensaciones agradables y positivas. Pero si esto es así, ¿por qué hay personas que tienen miedo a comprometerse? ¿Tenéis alguna teoría?

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Un pensamiento en “Toda decisión conlleva reacción

  1. Muy bueno!

    Tal vez los que no quieran comprometerse sea porque no ven claro que eso les hará sentir felices a largo plazo no?
    Un beso”!

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