Yo gano, Tú ganas

(Artículo de colaboración, por Bárbara Rapela Orta, psicóloga)

El conflicto se entiende como la interacción de uno o más individuos en la que exista una incompatibilidad entre las metas, intereses, conductas o valores propios. Además, esa situación se percibe como injusta o incompatible por al menos una de las partes. No necesariamente tiene que haber implicados bienes materiales, en muchas ocasiones, el grupo o el individuo busca conseguir el respeto y prioriza el orgullo a las ganancias personales.

Es común a cualquier conflicto la falta de comunicación. De esta manera, se ve la necesidad de abrir el diálogo a las partes implicadas en el conflicto. Sin embargo, es imprescindible un buen manejo de nuestras emociones (como la ira) ya que una mala comunicación es peor que una nula comunicación.

En una situación conflictiva intervienen multitud de emociones. Dependiendo del estilo de afrontamiento que cada uno posea se encarará el enfrentamiento con actitudes diferentes. Nos podemos encontrar con estilos agresivos, asertivos o pasivos, como son la competición, la evitación, la acomodación, el compromiso o la colaboración.

En la mayoría de los casos, es complicado llegar a la solución de un conflicto por las partes implicadas, por ello se hace necesario el proceso de la mediación. Se trata de un método alternativo de resolución de conflictos, a través de una negociación cooperativa, que se basa en el principio de “la solución implica que ambas partes ganan”. En este sentido, es de gran importancia la figura del mediador, alguien imparcial, empático y paciente cuya misión será ayudar a las personas que participan en la mediación a encontrar una solución que sea satisfactoria para ambas partes. Para ello, uno de los objetivos que persigue es corregir percepciones e informaciones falsas que se puedan tener respecto del conflicto o los implicados, así como crear un marco que facilite la comunicación.

No obstante, la mediación no es idónea en todos los casos, las partes implicadas en el conflicto deben estar preparadas emocionalmente para afrontar el diálogo a través de una tercera persona. Esto es, se debe contar con la predisposición de las partes intervinientes y con las condiciones ambientales adecuadas. Por tanto, es necesario romper con la idea de que “la mejor defensa es un buen ataque”. Pero, ¿cómo se puede ayudar a estas personas a ver una solución como algo bueno para ambas?

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