Experiencias personales: La no vida con un trastorno alimentario (I)

Después de leer las entradas anteriores seguramente ya tendréis una idea de lo que son la anorexia y la bulimia. A continuación podréis leer un relato en primera persona escrito por alguien que pasó por las dos experiencias. ¿Cómo puede ser? Bueno, la teoría es siempre muy clara en los manuales, pero en la vida real las cosas a veces son un poco diferentes… Creemos que es interesante que podáis ver la experiencia de la anorexia y la bulimia a través de los ojos de nuestra protagonista, para entender todas las emociones que pueden haber detrás.

(Artículo de colaboración, por B. D.)

El miedo, el miedo siempre ha estado ahí. Como el motor poco potente pero persistente que me ha acompañado desde niña hasta ahora y que se ha transformado en mil cosas: en inseguridad, en angustia, en tristeza…. En demasiadas cosas. Hubo muchas razones que a lo largo de los años se fueron uniendo y formando el conjunto de cosas que me llevaron a caer en la anorexia y en la bulimia. Podríamos empezar nombrando las mofas de mis compañeros de clase (esas bromas humillantes y persistentes que a lo largo de los años minan la seguridad de una persona en sí misma, hechas muchas veces sin consciencia de su repercusión, pero el eco de las cuales llega muy lejos en la vida de algunas personas), los problemas de convivencia de mis padres, su posterior divorcio, mi extrema sensibilidad hacia todo, hacia los sentimientos, hacia la música, hacia el arte, hacia las acciones de las Experiencias personales 4personas… Un largo etcétera.

Mi miedo se convirtió desde muy pronto en miedo a fallar a los demás, en miedo a no ser suficiente para merecer su atención y su cariño, en miedo a la soledad. Daba igual en qué contexto fuera, en la escuela, en casa, todos mis comportamientos se encaminaban a agradar a los otros para que me aceptaran y quisieran estar conmigo.

La infancia ya estuvo marcada por mis problemas con la comida, fui un bebé muy mal comedor, y una niña con problemas para aceptar la variedad en la comida. Desde muy pronto encontré en la comida un refugio emocional. Ese refugio nunca me fallaba ni me despreciaba. Fueran penas o alegrías… Poco a poco cualquier emoción algo más fuerte de lo normal empezó a convertirse en la mejor excusa para recurrir a la comida. Algunos niños tienen amigos, otros amigos imaginarios, yo recurría a la comida cuando sentía que no tenía ningún otro sitio al que acudir.

La adolescencia y la entrada en juego de las hormonas, que de por sí revolucionarían cualquier cerebro y cuerpo adolescente, fueron el principio del caos, un caos negro y absoluto. Mis miedos se tornaron aún mucho más poderosos, las relaciones familiares se volvieron caóticas con el divorcio de mis padres, no encontraba en ningún sitio la seguridad para crecer y empezar a descubrir quién era. Siempre tenía esperanza y confianza en la bondad de las personas, y la cruda realidad de cada día, me minaba esa idea, esa creencia. Anhelaba profundamente que alguien supiera ver la persona que era, que descubriera cuáles eran las cosas que me hacían sentir plena, que me hacían reír, llorar, tenía ganas de sentir, de aprender, de ser libre. Evidentemente mi cuerpo sufrió los estragos de las subidas hormonales como a todos nos pasa. En mi caso, eso significó intensificar mis problemas con mi sobrepeso, con mi imagen corporal, y con mi inseguridad.Anorexia

La estocada final llegó con mi primera relación de pareja. Aquello fue la gotita que colmó un vaso que hacía ya mucho tiempo que rezumaba y que estaba a punto de desbordarse. En esa relación, mi peso y mi imagen fueron tema de discusión desde el primer día. Aquellos pensamientos de que no era suficiente, de que no era lo que aquella persona quería, se intensificaron de tal manera que se convirtieron en un martirio, repicando en mi cabeza a cada segundo del día. Pero en aquellos momentos aquella persona para mí era vital, porque me evadía de la realidad en mi casa, una realidad que me dañaba a diario. Yo podía entender y aceptar que mis padres ya no se quisieran y rompieran su relación, lo que no podía soportar ni entender era el trato tan desagradable que empezaron a dispensarse y en el cual me vi sumergida. Cómo no iba querer cumplir las expectativas de la persona que en aquel momento me salvaba de eso, que me daba el cariño que no encontraba en mi familia porque tenían demasiados otros problemas…

Misteriosamente, empezar a dejar de comer fue muy sencillo. Lo que durante años había sido incapaz de hacer y por lo cual había escuchado tantas veces aquella frase de: “Es que si tuvieras un poco de voluntad….”. Pues tanta era mi desesperación, que la fuerza de voluntad vino sola. Vino para acabar conmigo. Empecé por cambiar las cosas que comía, a eso le siguió empezar a reducir la cantidad de lo que comía, primero un poco y luego cada vez más. Era una verdadera obsesión, mi cabeza nada más calculaba lo ya ingerido y lo que tendría que ingerir el resto del día. No podía concentrarme en prácticamente nada más. Al principio la pérdida de peso fue lenta, y fue vista de manera positiva por mi entorno. Evidentemente estaba mucho más GUAPA. Pues no señores, en ese caso el precio del “estar más GUAPA” era que cada vez empezaba a estar más ENFERMA. En ciertos momentos yo era consciente que estaba perdiendo el poder sobre mi cabeza, que no racionalizaba de forma normal y que aquello que hacía empezaría a pasarme una seria factura en breve. Pero mi ansia por seguir, mi satisfacción por empezar a lograr los objetivos marcados por mí misma… Era tan ADICTIVO, era como una DROGA para mí. Necesitaba controlar, necesitaba ganar, necesitaba ser buena en eso. Esa primera relación no duró demasiado, pero cuando acabó, empecé a ser aún más radical en mis esfuerzos por adelgazar. Cómo más adelgazaba, ¡¡más me decía todo el mundo lo estupenda que estaba!! ¿Cómo no iba a seguir, cómo no iba a intensificar mi trabajo para conseguir lo que quería? El único inconveniente era que empezaba a no tener nunca bastante.Experiencias personales 3

El inicio de la Universidad me dio tal libertad de horarios, fuera del control de mi familia y amistades, que me resultó muy sencillo acabar por prácticamente no comer y matarme a ejercicio diariamente. En aproximadamente un 1 año y medio el resultado fue pasar de unos 72 kg a 47 – 48 kg.

Al final mi cuerpo empezó a no resistirlo, sufrí amenorrea durante prácticamente un año y tuve que medicarme para recuperar mi período. Mi cabeza no daba de sí. APATÍA, esa es la palabra que mejor define mi estado emocional general. Me sentía prácticamente adormecida todo el día, empecé a distanciarme de las situaciones, me era más difícil sentir tristeza o sentir dolor, pero a la vez tampoco sentía alegría, ni emoción, ni expectativa, ni nada… Parecía cómo si mi cabeza flotara la mayor parte de veces en un limbo vacío, donde podía refugiarme de una vida que me esclavizaba, presa de rutinas, pautas, reglas, mentiras y prohibiciones.

Supongo que llegó un día que no pude más, no tengo claro el recuerdo de esa tarde, pero si sé que llamé a mi madre llorando y muy asustada. Sin saber muy bien cómo, en un momento de soledad (bastante normales en esa época) me di mi primer atracón. Sólo recuerdo el dolor de mi estómago, hinchado por los kilos de comida y bebida ingeridos en poco tiempo. Dolor, dolor y espanto por lo ocurrido. Fue ahí cuando del principio de anorexia nerviosa del último año y medio, empecé con la bulimia. Recuerdo esos primeros meses como la tortura más grande que he vivido en mi vida. Era una espiral de descontrol que destruyó el mundo de falsa seguridad que me había construido a través de prohibiciones y pautas. La única seguridad que tenía en mi vida, se desplomó como un castillo de naipes con un simple soplido.

Continuará…

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