EL DOLOR TIENE UN CLARO COMPONENTE EMOCIONAL

El dolor es una experiencia que compartimos todos los seres humanos. ¿Alguno de vosotros no ha sentido nunca dolor? El dolor es inherente a la vida, por lo tanto, es universal y adaptativo. Sería inconcebible una vida sin dolor, por ejemplo, imagínese el lector que metiese la mano en agua hirviendo y no sintiese dolor; es probable que sin dolor nada le invitaría a retirar la mano y como consecuencia las heridas en la piel serían terribles. La función del dolor es protectora, nos avisa de que algo va mal y activa nuestro organismo para evitar daños mayores. De hecho, existen enfermedades como la insensibilidad congénita al dolor que cursan con ausencia de percepción dolorosa y que en ocasiones pueden llevar a perder la vida.

Salvo en estas raras excepciones, todos sentimos dolor; lo que verdaderamente cambia en la experiencia del dolor es la intensidad en que lo percibimos. Esto es debido a que la experiencia de dolor está integrada por 3 componentes: 1) el componente sensitivo o puramente físico, 2) el componente evaluativo o cognitivo y 3) el componente emocional y motivacional. Es este componente emocional el que define el dolor como tolerable o como una experiencia aversiva e inaguantable. Por eso, es habitual que las personas que viven con dolor esten de mal humor, sufran ansiedad o depresión y sientan apatía o falta de ganas para hacer cualquier cosa. Al componente emocional del dolor también se le suele llamar sufrimiento.

Lo curioso es que la relación entre el dolor y el estado emocional es de reciprocidad. Esto quiere decir que sentir dolor afecta a cómo nos sentimos emocionalmente, pero cómo nos sentimos emocionalmente a su vez también afecta a la percepción del dolor. Pongamos el caso de una persona que se levanta con dolor de cabeza por la mañana, esto acentuaría su mal humor para ir a trabajar, pero si encima ese día en el trabajo discute con una compañera, su dolor de cabeza posiblemente aumentaría. Este círculo vicioso que se puede crear entre dolor y emociones negativas es algo de lo que muchas veces no somos conscientes y que puede afectar a nuestra calidad de vida. ¿Alguna vez te has planteado que tus emociones podían empeorar tu dolor? ¿Crees que mejorando el estado emocional se puede mejorar el dolor?

Por un nuevo año lleno de emociones

Ha llegado el nuevo año y para muchos de nosotros va ligado de nuevos propósitos. Es interesante comparar estos objetivos que nos marcamos con los de otros, para darnos cuenta de las similitudes, diferencias, las estrategias que usa cada uno… Aunque muchas veces hay algo que pasamos por alto a la hora de establecer estos objetivos del nuevo año.

Me gustaría que hiciéramos una reflexión y os plantearais por un momento en cuáles son vuestros propósitos para el 2019, y establezcáis dos o tres. ¿Ya los tenéis? ¡Bien! Ahora pensad por un momento, ¿cuál va a ser la emoción predominante mientras estáis trabajando para conseguir esos objetivos? No me refiero a la emoción que podáis sentir tal vez al final (quizás al conseguir finalmente uno de vuestros objetivos), sino durante todo el proceso. ¿Alguno de vuestros objetivos incluye pasar tiempo experimentando emociones positivas? Si la respuesta es que no, os invito a añadir otro nuevo propósito más a la lista, que nos pueda hacer sentir realmente bien.

Aunque nos pueda parecer una tontería, una de las claves para sentirnos bien es guardarnos tiempo para ello, reservando huecos en el día a día para realizar hobbies, actividades agradables, pasar tiempo con personas queridas… Muchas veces vivimos tan inmersos en la rutina y obligaciones que dejamos relegado ese tiempo para más adelante, para “cuando podamos”. Y en realidad, el mejor momento para empezar a guardarnos este tiempo es ahora. Si supiéramos realmente el tiempo que nos queda (restando horas de sueño, trabajo, etc.) para disfrutar de nuestras personas queridas y de las cosas que nos gustan, ¿creéis que llevaríais la misma vida que lleváis ahora o cambiaríais algo?

Esto viene muy ligado al vídeo de nuestra última entrada, que contiene una reflexión muy interesante sobre el tiempo que pasamos con personas importantes (si no lo habéis visto, podéis encontrarlo aquí). ¿Creéis que les dedicamos suficiente tiempo? Muchas veces vivimos casi olvidando que el tiempo es limitado. Así que démosle el valor que se merece al tiempo, y dediquémoslo a las cosas verdaderamente importantes para nosotros. De todos modos, recordemos que también podemos convertir nuestro tiempo en tiempo de calidad si estamos más atentos, prestando atención plena a lo que acontece en el día a día (lo que se conoce como mindfulness, que ya hemos comentado en otras entradas). Estando más presentes, también seremos capaces de captar más momentos agradables, y seguramente nos sentiremos mejor al final del día.

Así que, recapitulando, os invito a añadir a vuestra lista algunos nuevos propósitos para vuestro bienestar emocional, guardando tiempo para actividades que os puedan generar emociones agradables. Decidme, ¿qué propósitos añadiríais a vuestra lista? ¿A qué emociones queréis dedicar más tiempo este nuevo año?

¡Os deseamos a todos un feliz y emocionante 2019!

¿Qué relación tiene el olfato con las emociones?

El olfato es el más subestimado de los 5 sentidos que tiene el ser humano. El tacto, la vista, el oído e incluso el gusto son considerados imprescindibles en el funcionamiento del día a día; sin embargo, el olfato no tanto. Pensadlo durante un minuto ¿creéis que es importante el olfato en vuestra vida? ¿Para qué utilizáis el olfato habitualmente? La mayoría de nosotros pensamos en el olfato como un sentido que potencia el sabor de los alimentos, pero desconocemos el papel del olfato en la memoria emocional.

El sentido del olfato tiene una conexión directa con el cerebro. La información del olfato llega a la corteza piriforme (o corteza olfatoria primaria) que conecta directamente con la amígdala y ésta a su vez con el hipocampo y el sistema límbico. Todas estas estructuras cerebrales están relacionadas con las emociones y la memoria emocional. Por eso, el olfato tiene la capacidad de evocarnos emociones y recuerdos. Hay estudios que indican que podemos reconocer a personas con las que tenemos un vínculo emocional sólo por su olor. En un estudio evidenciaron que las madres eran capaces de reconocer a su bebé solo con oler una prenda que el bebé había llevado puesta unos pocos minutos.

El olfato también ha demostrado tener un papel en la elección de pareja. Hay estudios que indican que las feromonas (sustancias químicas liberadas por el cuerpo de manera natural) son detectadas por el olfato e influyen en nuestro comportamiento sexual y en nuestros gustos por unas personas y no por otras. Sin embargo, los estudios no han sido capaces de explicar cómo actúan las feromonas en nuestro cerebro. Ni siquiera nosotros mismos somos capaces de explicar por qué ciertos olores nos resultan más atractivos que otros.

Los datos parecen apuntar a que el olfato tiene importantes implicaciones emocionales y sociales. Lo paradójico es que muchas de sus influencias en nuestro comportamiento son involuntarias, es decir, suceden sin que seamos conscientes de que lo está pasando. Por ejemplo, ir a una entrevista de trabajo y que el sitio huela al mismo ambientador que usa tu madre en casa, puede hacerte sentir cómoda, como en un ambiente familiar, y que eso te ayude a relajarte (aunque todo ese proceso suceda de manera inconsciente). El olfato tiene ese poder sobre las emociones. ¿Te ha pasado alguna vez algo parecido?

¿Y si no sintiéramos asco?

El asco es una de las seis emociones básicas según la teoría de Ekman, y como tal, se trata de una emoción universal, presente en todas las culturas. Su función es clara, sirve para librarnos o alejarnos de aquello que consideramos “asqueroso”. Y en realidad es algo muy importante, ¿os habéis imaginado alguna vez qué sucedería si no sintiéramos asco?

Si no sintiéramos asco seguramente nos sería mucho más fácil enfermar. Seríamos capaces de comer comida en mal estado (ya que no detectaríamos las señales visuales o el olor asociado) y no nos alejaríamos de zonas u objetos que podrían ser fuente de enfermedades. En realidad, si nos paramos a pensar no se trata de algo tan extraño, ya que se trata de actitudes que se pueden observar a veces en la infancia. De hecho, los niños pequeños tardan unos años en desarrollar el asco, y por eso es frecuente ver cómo ignoran las señales de elementos que deberían provocar asco, que son tan claras para los adultos.

Pero también pueden existir casos de adultos en los que haya problemas para percibir el asco. Un estudio publicado en la revista Nature explicaba el caso de un paciente con una lesión en la ínsula y el putamen que tenía unos niveles de percepción del asco muy bajos (aunque percibía otras emociones como la rabia y el miedo a niveles parecidos a los de personas sanas). De hecho, este paciente también tenía dificultades para percibir la emoción facial de asco en otras personas. Esto último parece ser algo habitual en pacientes que sufren la enfermedad de Huntington (una grave enfermedad neurodegenerativa), aunque son capaces de percibir correctamente las expresiones faciales de otras emociones básicas.

Si bien sería un problema no sentir asco, también lo sería sentir demasiado asco. Como todo en la vida, lo ideal es estar en el punto medio. ¿Se os ocurre lo que podría pasar si nuestros niveles de asco fueran constantemente elevados?

¿Qué es el trastorno disfórico premenstrual?

En varias entradas de este blog hemos hecho referencia a la influencia que tienen las hormonas sexuales en nuestras emociones. Esto es especialmente notable en las mujeres, debido a que durante el ciclo menstrual sufren cambios notables en los niveles de estrógenos y progesterona. Esto no ocurre habitualmente en los hombres, cuyos niveles de hormonas sexuales suelen ser más estables.

Pero la cuestión es ¿hasta qué punto nuestras emociones se pueden ver influenciadas por las hormonas sexuales? Hay estudios que dicen que la alteración hormonal previa a la menstruación puede llegar a desencadenar lo que se conoce como trastorno disfórico premenstrual (en inglés, premenstrual dysphoric disorder -PMDD-). Este trastorno está definido como un trastorno afectivo que empieza aproximadamente una semana antes de comenzar la menstruación y desaparece cuando llega la menstruación propiamente. Se caracteriza por síntomas psicológicos como labilidad emocional, irritabilidad o anhedonia, pero también por síntomas físicos como falta de energía, problemas de sueño, dolor de cabeza o retención de líquidos. Estos síntomas se repiten cada mes, justo los días antes de la menstruación. Es decir, las personas que sufren este trastorno experimentan cíclicamente cambios de humor que coinciden con el aumento de los niveles de progesterona, cuando esta disminuye vuelven a su estado emocional habitual. Actualmente, hay datos que indican que entre el 3%-8% de las mujeres en edades fértiles padecen un trastorno disfórico premenstrual.

El trastorno disfórico premenstrual fue reconocido como trastorno mental en 2013 en el DSM-V (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, el manual diagnostico donde se clasifican los trastornos mentales). Sin embargo, se lleva debatiendo de la existencia o no de este trastorno desde los años 90. Hay muchos psicólogos y psiquiatras que se muestran escépticos y niegan que el trastorno disfórico premenstrual sea realmente un trastorno severo que necesite tratamiento psicológico o farmacológico. A pesar de la controversia, cada vez hay más estudios que indagan en las causas de este trastorno y los posibles tratamientos. Incluso han empezado a formarse asociaciones y grupos de apoyo a mujeres que padecen este trastorno. ¿Habíais oído hablar de este trastorno? ¿Creéis que las hormonas realmente tienen tanto impacto en nuestro estado o bienestar emocional?

¿Afecta la comida a nuestras emociones?

Lo que comemos es esencial para nuestro cuerpo y nos afecta en muchos aspectos. ¿Pero creéis que afecta a nuestras emociones? Pensad por un momento en si alguna vez os ha cambiado el estado de ánimo tras comer algún alimento (ya sea intensificando la emoción del momento o apareciendo otra emoción distinta). Por ejemplo, pensad en una situación de malestar donde después comierais algo o en un día que por algún motivo comierais algo que no os apetecía. ¿Qué cambios notasteis después de comer?

Es importante tener en cuenta que no todos somos iguales, y no a todos nos afecta igual lo que comemos. Distintos sabores pueden tener distintos efectos en distintas personas. Así, habrá personas que tras un disgusto se sientan en general más calmadas al comer alimentos dulces, y otras tengan el mismo efecto comiendo alimentos salados o grasos. ¿Cuál es vuestro caso? Aunque podáis encontrar una “regla general”, recordad que, por supuesto, según el momento también a una misma persona le puede afectar de forma distinta el mismo alimento. Así que siempre puede haber excepciones.

Tened en cuenta también que no hay nada malo en utilizar los alimentos para cambiar nuestro estado de ánimo, siempre que eso no sea perjudicial para nosotros y lo hagamos de forma totalmente consciente (es decir, sin que sea sólo la consecuencia de un impulso). Muchas veces la clave suele estar en la cantidad. De hecho, si no tenemos ningún problema de salud que nos lo impida, darnos “pequeños premios” puede ser positivo y muy placentero, como por ejemplo comer de forma muy lenta un minúsculo pedazo de chocolate después de un día duro. En cambio, si nos comiéramos la tableta entera, la situación sería distinta. Primero, si nos hubiéramos comido toda la tableta es probable que después nos sentara mal, llevándonos a sensaciones físicas desagradables, así como emociones como la culpa o la tristeza. Por otro lado, probablemente en este caso no habríamos disfrutado apenas del chocolate, ya que seguramente lo habríamos comido de forma más impulsiva, sin saborearlo. Tengamos en cuenta que si comemos lentamente y con consciencia es más fácil darnos cuenta de las señales de nuestro cuerpo que nos avisa de cuándo tenemos suficiente.

De hecho, no sólo puede afectarnos directamente lo que comemos, sino también nuestros patrones y hábitos relacionados con la comida. Por ejemplo, tener establecida una hora concreta para comer e ignorar las señales de hambre de nuestro cuerpo porque no ha llegado esa hora. Decidme, ¿os habéis fijado en qué emociones y cambios físicos notáis cuando tenéis mucha hambre? O pensad por ejemplo en la arraigada costumbre de no dejar nada en el plato aunque en realidad ya no tengamos hambre. ¿Qué emociones y sensaciones físicas aparecen cuando habéis comido en exceso? Recordad que pensamientos, emociones y sensaciones físicas habitualmente se retroalimentan.

Conocer cómo la alimentación afecta a nuestras emociones puede ser importante para gestionar nuestra vida cotidiana. El primer paso será prestar verdadera atención en el día a día para entender mejor nuestra relación con la comida, y cómo nos afecta esta. La mayoría de veces comemos con “el piloto automático puesto” y no nos fijamos apenas en las señales de nuestro cuerpo antes, durante y tras la comida. Una vez tengamos más claro nuestro patrón de relación con la comida y nuestros automatismos seremos más capaces de hacer una mejor gestión, y cambiar algunos hábitos si hace falta. Para profundizar más en este tema os recomiendo el libro “Comer atentos” de Jan Chozen Bays.

Te animamos a que a partir de ahora trates de ser más consciente cuando comes. Fíjate en el nivel de hambre que tienes antes y después de comer y pon los cinco sentidos en los que haces (observando los colores, forma, olor, si el alimento hace algún sonido al masticarlo, la textura, los cambios en el sabor a cada mordisco…). Trata de prestar atención (aunque sólo sea los primeros bocados) a todas las sensaciones, emociones y pensamientos que puedan surgir mientras masticas lentamente. Puedes experimentar cómo cambia la experiencia masticando con un lado u otro de la boca, pasando por distintos puntos de la lengua, tratando de notar cómo cambian los sabores y texturas. Pruébalo y dinos, ¿cómo cambia la experiencia al prestar completa atención? ¿Cómo cambian tus emociones?