¿Qué relación tiene el olfato con las emociones?

El olfato es el más subestimado de los 5 sentidos que tiene el ser humano. El tacto, la vista, el oído e incluso el gusto son considerados imprescindibles en el funcionamiento del día a día; sin embargo, el olfato no tanto. Pensadlo durante un minuto ¿creéis que es importante el olfato en vuestra vida? ¿Para qué utilizáis el olfato habitualmente? La mayoría de nosotros pensamos en el olfato como un sentido que potencia el sabor de los alimentos, pero desconocemos el papel del olfato en la memoria emocional.

El sentido del olfato tiene una conexión directa con el cerebro. La información del olfato llega a la corteza piriforme (o corteza olfatoria primaria) que conecta directamente con la amígdala y ésta a su vez con el hipocampo y el sistema límbico. Todas estas estructuras cerebrales están relacionadas con las emociones y la memoria emocional. Por eso, el olfato tiene la capacidad de evocarnos emociones y recuerdos. Hay estudios que indican que podemos reconocer a personas con las que tenemos un vínculo emocional sólo por su olor. En un estudio evidenciaron que las madres eran capaces de reconocer a su bebé solo con oler una prenda que el bebé había llevado puesta unos pocos minutos.

El olfato también ha demostrado tener un papel en la elección de pareja. Hay estudios que indican que las feromonas (sustancias químicas liberadas por el cuerpo de manera natural) son detectadas por el olfato e influyen en nuestro comportamiento sexual y en nuestros gustos por unas personas y no por otras. Sin embargo, los estudios no han sido capaces de explicar cómo actúan las feromonas en nuestro cerebro. Ni siquiera nosotros mismos somos capaces de explicar por qué ciertos olores nos resultan más atractivos que otros.

Los datos parecen apuntar a que el olfato tiene importantes implicaciones emocionales y sociales. Lo paradójico es que muchas de sus influencias en nuestro comportamiento son involuntarias, es decir, suceden sin que seamos conscientes de que lo está pasando. Por ejemplo, ir a una entrevista de trabajo y que el sitio huela al mismo ambientador que usa tu madre en casa, puede hacerte sentir cómoda, como en un ambiente familiar, y que eso te ayude a relajarte (aunque todo ese proceso suceda de manera inconsciente). El olfato tiene ese poder sobre las emociones. ¿Te ha pasado alguna vez algo parecido?

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¿Y si no sintiéramos asco?

El asco es una de las seis emociones básicas según la teoría de Ekman, y como tal, se trata de una emoción universal, presente en todas las culturas. Su función es clara, sirve para librarnos o alejarnos de aquello que consideramos “asqueroso”. Y en realidad es algo muy importante, ¿os habéis imaginado alguna vez qué sucedería si no sintiéramos asco?

Si no sintiéramos asco seguramente nos sería mucho más fácil enfermar. Seríamos capaces de comer comida en mal estado (ya que no detectaríamos las señales visuales o el olor asociado) y no nos alejaríamos de zonas u objetos que podrían ser fuente de enfermedades. En realidad, si nos paramos a pensar no se trata de algo tan extraño, ya que se trata de actitudes que se pueden observar a veces en la infancia. De hecho, los niños pequeños tardan unos años en desarrollar el asco, y por eso es frecuente ver cómo ignoran las señales de elementos que deberían provocar asco, que son tan claras para los adultos.

Pero también pueden existir casos de adultos en los que haya problemas para percibir el asco. Un estudio publicado en la revista Nature explicaba el caso de un paciente con una lesión en la ínsula y el putamen que tenía unos niveles de percepción del asco muy bajos (aunque percibía otras emociones como la rabia y el miedo a niveles parecidos a los de personas sanas). De hecho, este paciente también tenía dificultades para percibir la emoción facial de asco en otras personas. Esto último parece ser algo habitual en pacientes que sufren la enfermedad de Huntington (una grave enfermedad neurodegenerativa), aunque son capaces de percibir correctamente las expresiones faciales de otras emociones básicas.

Si bien sería un problema no sentir asco, también lo sería sentir demasiado asco. Como todo en la vida, lo ideal es estar en el punto medio. ¿Se os ocurre lo que podría pasar si nuestros niveles de asco fueran constantemente elevados?

 

¿Qué es el trastorno disfórico premenstrual?

En varias entradas de este blog hemos hecho referencia a la influencia que tienen las hormonas sexuales en nuestras emociones. Esto es especialmente notable en las mujeres, debido a que durante el ciclo menstrual sufren cambios notables en los niveles de estrógenos y progesterona. Esto no ocurre habitualmente en los hombres, cuyos niveles de hormonas sexuales suelen ser más estables.

Pero la cuestión es ¿hasta qué punto nuestras emociones se pueden ver influenciadas por las hormonas sexuales? Hay estudios que dicen que la alteración hormonal previa a la menstruación puede llegar a desencadenar lo que se conoce como trastorno disfórico premenstrual (en inglés, premenstrual dysphoric disorder -PMDD-). Este trastorno está definido como un trastorno afectivo que empieza aproximadamente una semana antes de comenzar la menstruación y desaparece cuando llega la menstruación propiamente. Se caracteriza por síntomas psicológicos como labilidad emocional, irritabilidad o anhedonia, pero también por síntomas físicos como falta de energía, problemas de sueño, dolor de cabeza o retención de líquidos. Estos síntomas se repiten cada mes, justo los días antes de la menstruación. Es decir, las personas que sufren este trastorno experimentan cíclicamente cambios de humor que coinciden con el aumento de los niveles de progesterona, cuando esta disminuye vuelven a su estado emocional habitual. Actualmente, hay datos que indican que entre el 3%-8% de las mujeres en edades fértiles padecen un trastorno disfórico premenstrual.

El trastorno disfórico premenstrual fue reconocido como trastorno mental en 2013 en el DSM-V (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, el manual diagnostico donde se clasifican los trastornos mentales). Sin embargo, se lleva debatiendo de la existencia o no de este trastorno desde los años 90. Hay muchos psicólogos y psiquiatras que se muestran escépticos y niegan que el trastorno disfórico premenstrual sea realmente un trastorno severo que necesite tratamiento psicológico o farmacológico. A pesar de la controversia, cada vez hay más estudios que indagan en las causas de este trastorno y los posibles tratamientos. Incluso han empezado a formarse asociaciones y grupos de apoyo a mujeres que padecen este trastorno. ¿Habíais oído hablar de este trastorno? ¿Creéis que las hormonas realmente tienen tanto impacto en nuestro estado o bienestar emocional?

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Nos gustaría que contestaras a esta encuesta. Si no tienes clara la respuesta te animamos a que hagas el experimento: Piensa en algo desagradable y observa cómo cambian tus emociones tras probar algo dulce, salado, graso, picante, amargo y ácido.

¿Afecta la comida a nuestras emociones?

Lo que comemos es esencial para nuestro cuerpo y nos afecta en muchos aspectos. ¿Pero creéis que afecta a nuestras emociones? Pensad por un momento en si alguna vez os ha cambiado el estado de ánimo tras comer algún alimento (ya sea intensificando la emoción del momento o apareciendo otra emoción distinta). Por ejemplo, pensad en una situación de malestar donde después comierais algo o en un día que por algún motivo comierais algo que no os apetecía. ¿Qué cambios notasteis después de comer?

Es importante tener en cuenta que no todos somos iguales, y no a todos nos afecta igual lo que comemos. Distintos sabores pueden tener distintos efectos en distintas personas. Así, habrá personas que tras un disgusto se sientan en general más calmadas al comer alimentos dulces, y otras tengan el mismo efecto comiendo alimentos salados o grasos. ¿Cuál es vuestro caso? Aunque podáis encontrar una “regla general”, recordad que, por supuesto, según el momento también a una misma persona le puede afectar de forma distinta el mismo alimento. Así que siempre puede haber excepciones.

Tened en cuenta también que no hay nada malo en utilizar los alimentos para cambiar nuestro estado de ánimo, siempre que eso no sea perjudicial para nosotros y lo hagamos de forma totalmente consciente (es decir, sin que sea sólo la consecuencia de un impulso). Muchas veces la clave suele estar en la cantidad. De hecho, si no tenemos ningún problema de salud que nos lo impida, darnos “pequeños premios” puede ser positivo y muy placentero, como por ejemplo comer de forma muy lenta un minúsculo pedazo de chocolate después de un día duro. En cambio, si nos comiéramos la tableta entera, la situación sería distinta. Primero, si nos hubiéramos comido toda la tableta es probable que después nos sentara mal, llevándonos a sensaciones físicas desagradables, así como emociones como la culpa o la tristeza. Por otro lado, probablemente en este caso no habríamos disfrutado apenas del chocolate, ya que seguramente lo habríamos comido de forma más impulsiva, sin saborearlo. Tengamos en cuenta que si comemos lentamente y con consciencia es más fácil darnos cuenta de las señales de nuestro cuerpo que nos avisa de cuándo tenemos suficiente.

De hecho, no sólo puede afectarnos directamente lo que comemos, sino también nuestros patrones y hábitos relacionados con la comida. Por ejemplo, tener establecida una hora concreta para comer e ignorar las señales de hambre de nuestro cuerpo porque no ha llegado esa hora. Decidme, ¿os habéis fijado en qué emociones y cambios físicos notáis cuando tenéis mucha hambre? O pensad por ejemplo en la arraigada costumbre de no dejar nada en el plato aunque en realidad ya no tengamos hambre. ¿Qué emociones y sensaciones físicas aparecen cuando habéis comido en exceso? Recordad que pensamientos, emociones y sensaciones físicas habitualmente se retroalimentan.

Conocer cómo la alimentación afecta a nuestras emociones puede ser importante para gestionar nuestra vida cotidiana. El primer paso será prestar verdadera atención en el día a día para entender mejor nuestra relación con la comida, y cómo nos afecta esta. La mayoría de veces comemos con “el piloto automático puesto” y no nos fijamos apenas en las señales de nuestro cuerpo antes, durante y tras la comida. Una vez tengamos más claro nuestro patrón de relación con la comida y nuestros automatismos seremos más capaces de hacer una mejor gestión, y cambiar algunos hábitos si hace falta. Para profundizar más en este tema os recomiendo el libro “Comer atentos” de Jan Chozen Bays.

Te animamos a que a partir de ahora trates de ser más consciente cuando comes. Fíjate en el nivel de hambre que tienes antes y después de comer y pon los cinco sentidos en los que haces (observando los colores, forma, olor, si el alimento hace algún sonido al masticarlo, la textura, los cambios en el sabor a cada mordisco…). Trata de prestar atención (aunque sólo sea los primeros bocados) a todas las sensaciones, emociones y pensamientos que puedan surgir mientras masticas lentamente. Puedes experimentar cómo cambia la experiencia masticando con un lado u otro de la boca, pasando por distintos puntos de la lengua, tratando de notar cómo cambian los sabores y texturas. Pruébalo y dinos, ¿cómo cambia la experiencia al prestar completa atención? ¿Cómo cambian tus emociones?

Retazos del blog: La pareja en crisis

Durante la etapa de enamoramiento muchas parejas parece que vean el mundo de color de rosa. Se sienten felices y completamente compenetrados el uno con el otro, ven a su compañero como alguien idealizado, sin apenas defectos… Y sin embargo… ¿Creéis que puede ser todo siempre perfecto?

En realidad, cualquier relación de pareja tiene altos y bajos. Esto es algo natural, y es importante remarcar que una crisis no tiene por qué acabar necesariamente en una ruptura. Una crisis es una llamada de atención, que nos avisa de que es necesario hacer un cambio. Hay muchas situaciones vitales en la pareja que se suelen relacionar con momentos de crisis, entre ellas, el fin de la etapa de enamoramiento, el inicio de la convivencia, el nacimiento de los hijos, el abandono de estos del núcleo familiar, la jubilación… Es importante tenerlo en cuenta para procurar gestionarlo de manera adecuada.

Cuando la pareja está en crisis pueden aparecer gran cantidad de emociones que si son mal gestionadas podrían llegar a ser muy destructivas. Entre ellas, podemos sentir miedo por la posible ruptura, tristeza por ya no tener una relación tan satisfactoria (o tal vez por empezar a imaginar nuestra vida sin el otro), rabia, ira o incluso odio contra la persona amada que nos está haciendo daño, frustración por no saber cómo solucionar los problemas con la pareja, etc. Es posible que estas emociones sean muy intensas, y probablemente también muy dolorosas. ¿Qué hacemos con ellas? Ante todo es importante no descargarlas directamente contra el otro (sobre todo si sentimos rabia), ya que puede empeorar la situación. Hay que identificar nuestras emociones, analizar lo que las provoca y ver si la emoción que sentimos tal vez enmascara alguna otra emoción de fondo. Por ejemplo podemos sentir una gran rabia porque nuestra pareja no tiene ningún detalle nunca y se muestra distante, cuando en realidad en el fondo estamos tristes porque echamos de menos la época anterior.

¿Qué hacer para superar la crisis? No existen fórmulas mágicas, y cada caso es diferente, pero ante todo es importante la comunicación, poder hablar con el otro de cómo nos sentimos o lo que necesitamos sin hacer reproches y con respeto. Por ejemplo, siempre es mejor un “¿Qué te parecería si fuéramos a cenar fuera de tanto en tanto? Me haría sentir mucho mejor” que un “Siempre estás con tus cosas y nunca tienes tiempo para mí”. Por otro lado, es esencial que nos adaptemos el uno al otro. No tenemos que olvidar que nosotros y nuestra pareja podemos tener intereses distintos. Es muy difícil que ambos queramos siempre lo mismo, así que en muchos aspectos habrá que negociar para llegar a un término medio con el que ambos estemos satisfechos. Imaginaros, ¿cómo os sentiríais si vuestra pareja no quisiera adaptarse nunca a vosotros?

Otro aspecto fundamental es no intentar cambiar al otro. Nuestra pareja es como es, e intentar cambiarle hará que se sienta rechazado. Lo que sí que podemos hacer es cambiar rutinas, y esto puede ayudar a mejorar la relación de pareja. También podemos buscar apoyo en nuestro entorno, cosa que nos puede hacer sentir más respaldados y a la vez nos puede dar otros puntos de vista del problema. Y, por supuesto, también existe la opción de acudir a terapia, ya sea terapia de pareja o familiar. Decidme, a vosotros, ¿qué estrategias os han ayudado a superar una crisis de pareja?

Retazos del blog: ¿Cómo elegimos a nuestra pareja?

La vida de los seres humanos está llena de decisiones, algunas son fáciles (ej. elegir un plato de comida en un restaurante)  y otras resultan bastante más difíciles (ej. elegir una casa donde vivir). Pero cuando se trata de elegir pareja, vosotros que pensáis ¿resulta fácil o difícil? ¿Por qué les preguntamos a las margaritas si “me quiere o no me quiere”? ¿Qué factores tenemos en cuenta a la hora de seleccionar a nuestra pareja?

Aunque sea ilógico, todos sabemos que normalmente el razonamiento no cuenta, podemos enamorarnos de personas “que no nos convienen” y/o ser incapaces de sentir amor por personas encantadoras, dispuestas a darnos todo lo que deseamos. Elegir con quien compartimos nuestra vida o parte de ella, muchas veces resulta ser una decisión inconsciente, en la que no se piensa en inconvenientes, ni se hacen listas de “pros y contras”. En la mayoría de los casos la elección es tan rápida que no nos da tiempo a evaluar conscientemente nada, sólo nos dejamos llevar por los sentimientos y las emociones que nos suscita esa persona.

Existen muchas especulaciones sobre cuál es el factor clave que hace que elijamos un tipo de personas y no otras. Hay psicólogos que defienden que buscamos parejas con una personalidad similar a la nuestra, creen que una unión es perfecta cuando se forma a partir de dos mitades iguales, de ahí, el concepto “media naranja”. Sin embargo, hay otros que afirman todo lo contrario, que buscamos personas con características de personalidad diferentes a las nuestras; esto se resume muy bien en el famoso dicho “los polos opuestos se atraen”. También podemos encontrar profesionales que defienden la teoría de Freud, basada en la idea de que nos sentimos atraídos por personas cuya personalidad es similar a la de nuestros padres.

Por supuesto, no todas las teorías se centran en la personalidad, también se ha hipotetizado que la apariencia física es un aspecto clave a la hora de seleccionar nuestra pareja. Desde el punto de vista de la evolución los hombres buscan mujeres jóvenes y bellas (signos de fertilidad), y las mujeres buscan hombres fuertes y saludables (signo de protección). Pero si esta teoría puede parecer algo rudimentaria, existe otra que lo es mucho más, pues afirma que elegimos a nuestra pareja por el olor. Los científicos han descubierto que nuestro olor corporal contiene unas sustancias químicas llamadas feromonas, que se liberan en el aire y sirven como medio de comunicación entre dos cuerpos, ya sea para atraerse o para repelerse. Como podéis ver existen opiniones de todos los tipos, vosotros ¿con cuál os quedáis? ¿Cuál os parece más acertada?

Retazos del blog: Construyendo una vida juntos…

Empezar una vida con otra persona es un momento que suele vivirse con ilusión. La pareja poco a poco irá poniendo los cimientos y los primeros ladrillos de su vida en común. Pero no debemos olvidarnos de que se trata de un momento de cambio y de adaptación mutua, y por tanto no todo va a ser de color de rosa. Si tenemos unas expectativas realistas y hemos hablado en profundidad de todo lo que supone la convivencia con nuestra pareja será mucho más sencillo para ambos dar este paso.

Así, si no tenemos unas expectativas demasiado altas será menos probable que nos decepcionemos al ver que nuestra pareja no es tan perfecta como pensábamos o que puede haber más problemas al vivir juntos de lo que nos parecía. Porque está claro que al pasar más tiempo con nuestra pareja y compartir espacios la vamos a conocer mejor, pero también, al compartir el día a día pueden surgir momentos de desacuerdo. ¡Pero esto no tiene por qué ser un problema! Se trata de algo normal, y puede incluso ser beneficioso para fortalecer la relación si se hablan las cosas adecuadamente y se puede llegar a acuerdos. Lo que es muy recomendable será hablar ya antes de la convivencia de lo que supone irnos a vivir juntos, lo que nos da miedo, lo que nos imaginamos, cómo nos gustaría distribuir o decorar la casa, cuáles son nuestros hábitos, los horarios de comidas, de irse a la cama, las actividades de ocio, la distribución de tareas… Será importante negociar y llegar a acuerdos para que ambos estemos cómodos y no nos encontremos luego con pequeñas sorpresas inesperadas. Pero también será importante que hablemos de nuestros valorConvivenciaes y de cómo nos imaginamos el futuro. Muchísima gente obvia esta parte, que también es esencial para prevenir  futuros problemas . Un ejercicio curioso consiste en escribir en un papel la respuesta a varias preguntas (nosotros y nuestra pareja) y luego nos intercambiemos las respuestas. Entre otras cosas, podríamos preguntar: Si quieres tener hijos… ¿cuándo? ¿Quieres vivir toda la vida en el mismo sitio? ¿Qué es lo más importante para ti en una relación? ¿Qué esperas de tu pareja en el futuro?

Pero los cambios que genera la convivencia pueden ir más allá, afectando más ámbitos a parte de la relación de pareja. Muchas veces también tendremos que adaptarnos a todo lo que lleva nuestra pareja detrás, a su entorno. Porque en general, esta tendrá unos amigos y una familia, y posiblemente a partir de este momento tendrán más peso en nuestra vida. A veces puede ser complicado amoldarse a la familia de nuestra pareja, porque ellos están acostumbrados a actuar de una manera entre ellos y tienen unos valores y unos roles establecidos. Será importante observar al principio las dinámicas familiares (por ejemplo, ver quien suele mandar, quién ayuda a los otros cuando están mal, quién se lleva bien con quién…) e intentar adaptarse y respetar su manera de hacer. Desgraciadamente, a veces puede haber importantes momentos de choque (por ejemplo, si mi pareja viene de una familia muy religiosa y yo no soy creyente). Allí tendremos que ser asertivos, hay que adaptarse, pero hasta cierto punto, nunca tenemos que perder nuestra esencia por adaptarnos. Será importante la comunicación y el respeto, tanto con los miembros de la familia como con nuestra pareja. Y sobre todo, es importante que comuniquemos como nos sentimos y lo que pensamos. En la relación con la familia es importante que tengamos una buena base desde el principio, siendo sinceros con lo que pensamos. Un ejemplo típico sería una comida familiar en que nos ponen un plato que no nos gusta. Aunque ese día nos lo comamos por respeto será importante comentar (siempre con tacto y educación) que ese tipo de comida no es del todo de nuestro agrado. ¿Porque qué pasaría si dijéramos que está buenísimo? ¡Pues probablemente el próximo día nos volverían a poner otro plato de lo mismo!

En conclusión, antes de iniciar la convivencia puede ser muy positivo plantearse todo lo que implica (tanto para nosotros como para nuestra pareja) y hablarlo. Aunque sea un momento de cambio y de readaptación, si la pareja trabaja en equipo será mucho más sencillo llegar a construir una nueva etapa satisfactoria para ambos. En vuestro caso, si una pareja cercana empezara a convivir y os pidiera consejo… ¿Qué le recomendaríais?